Quemar barbijos en plena pandemia es un acto de irresponsabilidad



Mientras la televisión pasaba las imágenes que se sucedían en el obelisco de Buenos Aires, en donde un grupo de personas quemaban barbijos y algunos bailaban alrededor de la fogata, por mi cabeza pasaban las fotos de lo que fue la quema de libros ocurrida en Berlín el 10 de Mayo de 1933, en donde un grupo de Nazis arrojaban al fuego libros que consideraban ofensivos para el ser alemán. En aquella oportunidad el partido creado por Adolf Hitler llegaba al poder y comenzaba su largo derrotero de racismo y Xenofobia que terminaría con el peor genocidio de la historia. El mensaje de odio que contenía su discurso necesitaba de hechos concretos en la formación del ser alemán. La quema de libros fue el primero de ellos y marcaría el camino de odio y exclusión que se preparaba en la nueva Alemania. Mientras nuestros médicos arriesgan sus vidas en el cuidado de los enfermos, y muchos de ellos la pierden, ese mensaje de odio se traslada en el tiempo. Esta vez no son libros cuyos contenidos pueden generar una masa crítica frente a la prepotencia nazi. Esta vez es la violación de las normas que indican que para pelear al coronavirus hay que mantener el distanciamiento social y utilizar un tapabocas. Si en aquella oportunidad el mundo se hubiese levantado en contra de la quema de libros quizas otro hubiese sido el derrotero de un gobierno salvaje y asesino. Que pasa por la cabeza de estas personas que arrojan barbijos al fuego teatralizando un discurso de odio frente al amor de muchos. El poeta de origen judío Heinrich Heine dijo "donde se queman libros se queman también personas", y no se equivocó. Tengamos cuidado que este odio que conlleva a prender fuego tapabocas y barbijos y bailar a su alrededor no sea el inicio de una escalada de delirio que los lleve a imaginar que si queman a los médicos o a los enfermeros se termina la pandemia.

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